Observe una práctica escolar desde el fondo del aula y cuente los minutos. Acomodar a la clase. Repartir el material. Las instrucciones de seguridad. La demostración. El método en la pizarra, leído en voz alta y leído de nuevo para los tres alumnos que se lo perdieron. Para cuando treinta adolescentes tocan por fin algo, buena parte de la clase se ha esfumado, y lo que queda suele bastar para seguir el método una vez, obtener un número y recoger.
Esto no es una crítica al profesorado. Con una sola hora lectiva, una clase de treinta alumnos, riesgos reales y material compartido, es prácticamente la única forma de desarrollar la sesión con seguridad. Pero significa que el recurso más escaso y más caro del centro, el laboratorio, con personal y con el material montado, se dedica sobre todo a dar instrucciones, y la parte que solo puede ocurrir en la mesa de trabajo se queda con lo que sobra.
El aula invertida resolvió una versión de este problema hace años en las asignaturas teóricas: sacar la exposición del aula y dedicar el tiempo de clase a aquello que exige estar en el aula. La ciencia práctica ha tardado más en adoptar la idea, en buena medida porque hasta hace poco no existía nada lo bastante bueno hacia lo que invertirla.
¿Qué es una práctica invertida?
Una práctica invertida significa que el alumnado realiza el experimento en una simulación regida por la física antes de realizarlo de verdad. No un vídeo del experimento, ni un recorrido guiado a base de clics que impide las decisiones erróneas, sino una simulación en la que montan ellos mismos el equipo, cometen sus propios errores y ven las consecuencias.
Para cuando entran en el laboratorio ya conocen la secuencia de operaciones, qué hace cada instrumento, dónde están los riesgos, qué equipo de protección exige la tarea y qué aspecto tiene el experimento cuando sale mal. Las instrucciones de seguridad ya se han dado, en un lugar donde equivocarse no costaba nada.
¿Por qué cambia esto lo que puede llegar a ser una sesión de laboratorio?
Porque cambia el punto de partida de la sesión. En lugar de empezar con explicaciones y confiar en llegar a la práctica, se empieza por la práctica.
Esto tiene tres consecuencias que conviene detallar.
La misma hora permite una tarea más exigente. Si el alumnado llega conociendo el método estándar, la clase no tiene por qué ser el método estándar. Puede ser una investigación con una variable elegida por ellos, una comparación entre técnicas, un análisis de errores o una pregunta abierta cuya respuesta el docente desconoce. La práctica deja de ser una receta que seguir y se acerca a la ciencia de verdad.
El docente deja de ser un altavoz. Un profesor que no tiene que dar quince minutos de instrucciones es un profesor que circula por el aula, observa la técnica y corrige la forma de sujetar la pipeta del alumno que lleva todo el trimestre haciéndolo mal. Eso es lo más valioso que puede hacer un profesor de ciencias en un laboratorio, y suele ser lo primero que se sacrifica.
La seguridad mejora en lugar de empeorar. Este es el punto contraintuitivo. Dar más libertad al alumnado en un laboratorio real suena a riesgo, y lo sería si esa libertad fuera lo primero con lo que se encontraran. Precedida de la simulación ocurre lo contrario: ya han practicado el reconocimiento de riesgos, ya han adquirido el hábito de usar protección y ya se han topado con los modos de fallo en un entorno donde un derrame es una lección y no un incidente. Llegan habiendo sido entrenados, no simplemente advertidos.
¿No sustituye la simulación a la experiencia real?
Puede hacerlo, y para algunos centros y algunos alumnos tiene que hacerlo. Los centros online no tienen alternativa, y el Science Education Tracker de la Royal Society constató que la proporción de alumnos de GCSE que realizan trabajo práctico al menos cada quince días cayó del 44% en 2016 al 26% en 2023, lo que sugiere que muchísimos alumnos de centros presenciales tampoco pisan demasiado el laboratorio.
Pero la sustitución es el uso menos interesante, y presentar la simulación solo así la infravalora. Un centro con laboratorios y técnicos excelentes tiene tanto que ganar como cualquier otro, porque su limitación no es la falta de una mesa de trabajo. Su limitación es el tiempo en esa mesa, y el modelo invertido ataca exactamente eso.
Dicho sin rodeos: la pregunta no es si una simulación es tan buena como un laboratorio real. Es para qué sirve el laboratorio real una vez que se ha sacado de él todo lo que no lo necesita.
¿Qué hace que una simulación sea lo bastante buena para invertir hacia ella?
El modelo solo funciona si la simulación transfiere. Un alumno que ha memorizado una secuencia de clics ha aprendido una interfaz, no un procedimiento, y llegará a la mesa de trabajo tan poco preparado como quien vio un vídeo.
La transferencia exige tres cosas. La simulación debe estar gobernada por la física y no por un guion, para que causa y efecto se comporten como lo harán en el laboratorio. Debe permitir el fallo, porque la conciencia del riesgo que queremos que el alumnado traiga consigo se construye encontrándose con los riesgos, no leyendo sobre ellos. Y debe exigir algo a las manos: enfocar, verter, alinear, cronometrar. Una simulación en la que acertar consiste en elegir la opción correcta de una lista entrena la toma de decisiones, lo cual es útil, pero no construye la competencia motriz que hace que una práctica real avance más rápido.
Este es el argumento que hemos desarrollado con detalle sobre la fisicidad en los laboratorios virtuales, y la práctica invertida es donde da sus frutos de forma más concreta. La memoria muscular construida en la simulación es todo el mecanismo por el que este modelo ahorra tiempo después.
¿Cómo se pone en marcha?
La secuencia que funciona no tiene nada de espectacular.
- Asigne la simulación como preparación, la semana anterior a la sesión de laboratorio. Se puede mandar sin supervisión, porque en casa no hay nada que derramar.
- Revise los datos antes de la clase. Si la plataforma evalúa el proceso, sabrá antes de que nadie entre en el aula qué alumnos dominan el método y cuáles no, y podrá emparejarlos en consecuencia.
- Empiece la práctica junto al material. Sáltese la demostración. Un repaso de noventa segundos de los riesgos basta cuando la clase ya ha trabajado con ellos.
- Dedique el tiempo recuperado a algo más difícil. De eso se trata. Si la práctica invertida solo produce el mismo experimento terminado antes, la ganancia se ha desperdiciado.
- Vuelva a la simulación después para las variaciones que no hubo tiempo, material ni margen de seguridad para intentar en el aula.
¿Quién sale más beneficiado?
Tres grupos, según nuestra experiencia. Los centros con buenos laboratorios y pocas horas en ellos, que son la mayoría de los institutos. Los centros cuya oferta práctica está limitada por el presupuesto de material más que por las instalaciones: la investigación de EngineeringUK de 2024 recogió que el 27% del profesorado de ciencias del Reino Unido afirma que su centro no puede permitirse el material necesario para las clases prácticas. Y el alumnado que encuentra abrumador el entorno físico del laboratorio, para quien llegar ya familiarizado con las exigencias del espacio marca la diferencia entre participar y limitarse a sobrellevarlo. Ese último grupo es la razón por la que escribimos sobre la disección virtual y la participación del alumnado con necesidades educativas especiales, y es un beneficio que suele sorprender a los centros que adoptaron el modelo únicamente por motivos de tiempo.
La idea con la que quedarse es sencilla. Un laboratorio virtual suele venderse como sustituto del laboratorio que no se tiene. Su uso más valioso es como multiplicador del laboratorio que sí se tiene.
Artículos relacionados
- Laboratorios virtuales para centros online: ciencia a distancia
- Fisicidad en los laboratorios virtuales: más allá de las simulaciones tradicionales
- Aprendizaje sandbox: por qué la libertad de fallar es esencial en STEM
- La RV prepara al alumnado para carreras STEM con destrezas de laboratorio
Referencias
- The Royal Society. (2023). Science Education Tracker 2023. https://royalsociety.org/news-resources/projects/science-education-tracker/
- EngineeringUK. (2024). Science education and practical work in UK schools. https://www.engineeringuk.com/research-policy/
- Kapur, M. (2015). Learning from productive failure. Learning: Research and Practice, 1(1), 51–65.
- Freeman, S., et al. (2014). Active learning increases student performance in science, engineering, and mathematics. PNAS, 111(23), 8410–8415.
